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www.lugarteatral.com.ar LA FUERZA DE LA COSTUMBRE: THOMAS BERNHARD APASIONANTE Y CON HUMORpor Ana Seoane La fuerza de la costumbre de Thomas Bernhard. Elenco: Pompeyo Audivert, Marcelo Chaparro, Gino Fusco, Luis Aranosky y María Pedrotta. Dirección: Pompeyo Audivert, Marcelo Chaparro y Andrés Mangone. Asistencia de dirección: Corina Romero. Luces: Juan Vautista y Giancarlo Pia Mangione. Realización musical: Claudio Peña. En Calibán Bernhard es considerado con acierto uno de los más importantes creadores en lengua alemana. En Buenos Aires se han estrenado sus más importantes textos, desde Antes del retiro hasta Minnetti o Ritter, Dene, Voss, aquí traducido como Almuerzo en la casa de Ludwin . En el caso de La fuerza de la costumbre hubo anteriores versiones, pero las mismas nunca alcanzaron a conquistar la sonrisa que logra esta nueva. La dirección compartida entre Pompeyo Audivert, Marcelo Chaparro y Andrés Mangone valoriza el humor negro, la sutileza de un texto inteligente usado como metáfora del hombre y sus circunstancias. Este grupo de integrantes de un circo venido a menos que durante años ensaya "La Trucha" de Schubert sin nunca lograr la afinación perfecta, radiografía la más cercana realidad del ser humano: invertir vida, sueños y sacrificios para conquistar metas inalcanzables y a veces hasta inútiles. En esta lucha por conseguirlo, martiriza al prójimo, desnuda sus egoísmos y muestra sus debilidades. Todo este universo está pintado -en el mejor y más amplio sentido de esta palabra, que Audivert bien conoce y lleva en su sangre- de manera magistral. Hay derrumbe, hay miseria, pero con una dignidad notable. Es un juego de realidades y artificio. Síntesis perfecta del buen teatro. No hay gestos exagerados, ni miradas que estén demás, todo está armado y pensado con una meticulosidad que permite subrayar la existencia de una notable obra de arte. Los elementos de la escenografía tienen el peso de palabras mudas, que acompañan a la acción, nunca la empañan. Cada detalle de estos pobres cirqueros ayuda para acercar el submundo de esta profesión, ya transformada en harapos, sin que se pierda la dignidad del trabajador, habituado a engañar y poner en peligro su vida. Los tonos son oscuros, prevalecen los marrones, los ocres, no hay colores claros, ni impactantes, es la sordidez de estos destinos llevados a la tela de este espacio escénico. Este Bernhard logra una universalidad que lo acerca a nuestro Discépolo, sin que le quite un ápice a su mundo alemán. Es la lágrima pegada al bigote, como lo definía Griselda Gambaro. Es la sonrisa transformada en mueca de llanto. Es la miseria de estos hombres que invierten su tiempo en buscar una sonido digno, aunque sea a través de la violencia, del látigo o el empujón. Este que sueña, que busca y se desangra arrastra a los demás y aquellos se dejan ser arrastrados, no hay sublevación, no hay fuerza para esto, es la costumbre la que ha hecho estragos y ha invadido a los cuerpos. Desde el Caribaldi de Pompeyo Audivert, quien mejor maneja el estilo grotesco, hasta sus compañeros de elenco, como su joven nieta interpretada por María Pedrotta o los hallazgos de composición de Marcelo Chaparro, Gino Fusco o Luis Aranosky, cada uno encuentra su personaje, lo ajusta y lo condensa hasta hacerlo un ser creíble, descarnado e inolvidable. Casi sin producción, el espectáculo aparece con el despojamiento maravilloso que sólo tiene el teatro vivo, palpitante y agresivo, del que sabe avanzar sobre el espectador, demostrándole que el arte está en cualquier ámbito, sin grandes necesidades técnicas, pero con mucha imaginación. Esta versión de La fuerza de la costumbre tiene toda la energía necesaria para quedar en el recuerdo y perdurar en la cartelera.
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